La marginación de las parteras tradicionales y sus consecuencias

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¿Qué es lo que más urge arreglar en un mundo que día a día se hace más incómodo para los ciudadanos que no poseen la “gracia” de estar por encima del bien y del mal?

Cuando una persona “normal” sale de su casa tiene más de un 90% de posibilidades de encontrarse en su camino (ya sea este dar un paseo por el parque más cercano, ir de compras necesarias o lúdicas o acudir a su ocupación laboral remunerada) con una situación de derrotismo ambiental que está llegando a ser aceptada por todos como algo inherente a la propia vida.

Se está generalizando el “estar mal” y ya parece que no es preciso analizar qué ocurre ni intentar modificarlo porque “estar mal es lo normal”; solo los poderosos y los superpoderosos están exentos de este clima de malestar, nadie a su alrededor –es decir, sus servidores y/o secuaces– osa exponer a su vista algo feo de ver.

Ellos ensombrecen y ensucian el mundo, rodeados de belleza, ellos suben o bajan los precios del petróleo, de los cereales, deciden cuáles son y cuánto cuestan los productos básicos para el funcionamiento de las sociedades tal y como las conocemos, tal y como las sufrimos, ellos son los responsables de las crisis económicas y emocionales, de la vida y la muerte de los demás seres humanos, ellos matan y mandan matar con sus impúdicas decisiones y no menos impúdico poder, y por las mil distintas formas de violencia se apoderan de la voluntad y de la libertad de sus súbditos (en muchos casos de democracia representativa detentan y ostentan el poder con el beneplácito de aquellos a los que perjudican, ya sea traficando con sus votos, ya sea con servicios mal pagados, ya sea por cualquiera y cada uno de los subterfugios en los que se esconde la vesania del poder).

Solo bajo este preámbulo puedo entender la situación de abandono en que se encuentra el cuidado a la maternidad en el mundo. Años y años hace que la OMS recomienda trabajar por el descenso de las muertes de las mujeres causadas por las complicaciones en los partos como primera causa de ellas: años después de estas consideraciones anuales, reducir la muerte materna se ha convertido en el V Objetivo del Milenio auspiciado por la OMS y, hasta la actualidad, la muerte materna no se ha ni empezado a reducir.

Podría ser irrisorio, si no fuese trágico, que tanto la desatención a la maternidad como el exceso de la misma estén dando grandes perjuicios de salud a las mujeres a la vez que ingentes beneficios a sectores productivos diversos que trabajan en un entono que se retroalimenta: fabricar problemas, vender remedios, violentar la salud materno-infantil.

En el mundo “opulento” no hay cosa más cara que una crianza. Concretamente en España, las mujeres no pueden tener hijos hasta muy entrada la treintena, antes tienen que profesionalizarse, buscarse un trabajo y acceder a una vivienda para poder soportar la venida de un hijo. La demora y el estrés de vida y de consumo hace, además, que un número de mujeres más elevado de lo previsible para una sociedad sana acabe recurriendo a tratamientos carísimos de fertilización y para cuando nacen las criaturas, un sinfín de gastos los preceden y los continúan, porque todo artilugio se ha hecho imprescindible: hamacas, parques, bañeras, sillas de coche, de calle, pañales desechables, leches artificiales, papillas, “potitos”, pomadas, ropa aún más cara que la de los adultos. A esta temática auxiliar consumista hay que añadir la “superatención” previa de la gestante: diseños especiales de ropa encarecidos como la ropa de los bebés, cremas, pomadas, terapias que teóricamente ayudan a la gestante a “llevar” el embarazo y la “preparan” para el parto, visitas médicas continuadas sin que exista un riego que las justifique; triste es mencionar la preparación al parto y el gasto que conlleva cuando más de un 80% de las mujeres se entregan y entregan su parto al aparato sanitario y sus procedimientos anestésicos.

Después hay que tratar las secuelas: disfunciones del suelo pélvico, incontinencias varias transitorias y crónicas, lesiones de partos instrumentados, ingresos de bebés por violencia anteparto, depresiones post parto debidas muchas veces a insatisfacción consciente o inconsciente por transformar la experiencia más natural, más potente y más regeneradora de la vida en un proceso médico y enfermizo que no tiene vuelta atrás.

A lo largo y ancho del mundo no solo se desatiende criminalmente la maternidad sino que de la desatención también se obtienen beneficios: más del 60% de cesáreas en grandes ciudades como México D.F., Pekín, Santiago de Chile y en constante aumento en las ciudades de EE.UU. eleva los gastos del parto a cifras que no son razonables en una atención cuidadosa; al mismo tiempo condenan a las mujeres a las que se les practica una cesárea mal indicada a una morbilidad (si no la muerte) que va a ser susceptible de cuidados posteriores, perjuicios y más gastos.

A la vez que esto ocurre en numerosos lugares del planeta, en amplias zonas de los mismos países en los que se practican un número insoportables de cesáreas y en todo el continente africano, las mujeres se mueren por falta total de cuidados y en muchos casos por no tener acceso económico y/o geográfico a una cesárea.

Llama la atención en este desastre que se hayan puesto en marcha políticas que han destruido deliberadamente cuidados de calidad en la atención al parto por una falsa apreciación de conceptos y una toma de decisiones sin discernimiento, tal es el caso del aniquilamiento de la partería tradicional americana.

Atribuir las causas de las cifras elevadas de mortandad a los procedimientos de las parteras tradicionales fue el camino que en América encontraron los políticos para reducir la muerte materna. Marginaron a las parteras (indígenas en su práctica totalidad) y obligaron a las mujeres a parir en los hospitales sin la experiencia acumulada de la partería tradicional y sus expertas parteras, sin disponer ni formar a otro personal especializado en partería, sin aprovechar los conocimientos de las parteras tradicionales y sin preocuparse de formar parteras profesionales ni de integrar a las tradicionales en el sistema de salud de atención al parto.

Al cabo de los años, no solo no se redujo la mortalidad materna, sino que aumentó la morbilidad generada por partos mal conducidos y mal resueltos, con cifras de cesáreas intolerables para cualquier autoridad que se precie de serlo en la materia, con la aparición de problemas postparto que nadie atiende, con las parteras excepcionales (con cifras de buena práctica obstétrica muy por encima de las que obtuvo la obstetricia convencional que las suplantó) degradadas, en la ilegalidad y la marginalidad y con una situación en la actualidad que para ser mostrada y reiterar lo que aquí se ha escrito basta con exponer titulares y contenidos de periódicos del mes de marzo de 2012 en México:

“BUSCAN REDUCIR MUERTE MATERNA EN 7 ESTADOS” (Excelsior, 10 de marzo 2012)

[Lamentan las muertes maternas y] “la violencia institucional y comunitaria que pesa sobre las oaxaqueñas” [reconociendo que] “3 de cada 5 mujeres” [sufren algún problema de violencia] (Noticias, Oaxaca, 8 de marzo 2012)

En el último artículo citan problemas de violencia “por trata de personas con violencia sexual y una fuerte violencia hacia las féminas” y se puede leer en el mismo diario notas de prensa de esta categoría: “EN LA REGIÓN de la Costa, los delitos de maltrato físico ha disminuido considerablemente; sin embargo, el abuso sexual y violación se han incrementado considerablemente”.

No hay ninguna referencia a la violencia institucional en el parto ni a la discriminación de sus especialistas más moralmente autorizadas y más institucionalmente maltratadas*: LAS PARTERAS TRADICIONALES.

No me cabe duda de que el periodista no tiene cara de mujer, tampoco calidad de percepción de algún tipo sensible: ninguna mujer podría escribir que el abuso sexual y la violación no son también violencia física.

Tampoco me cabe duda de que el poder no tiene cara de mujer.

Sin duda, reconoceremos un signo de equidad sexual** cuando la maternidad reciba el trato que merece: respeto, prioridad y atención de calidad, reconocimiento y formación de las parteras tradicionales, vuelta al cuidado de las mujeres por las mujeres que significa aceptar que las mujeres cuiden de sí mismas.

Lo que más urge arreglar en este mundo, a mi modo de ver, es neutralizar la correlación de fuerzas que incide en el nacimiento y entregar su resolución a las mujeres: solo así disminuirá la violencia. Solo pacificaremos nuestra convivencia cuando desaparezca la violencia y la primera forma de violencia es la que se ejerce contra la maternidad descuidando su atención.

Carmen C.


*En el diario que cito y en las mismas fechas se publica un artículo imposible de entender a la vez que ilustrativo de lo mal que están las perspectivas para la partería tradicional. Es un entramado de declaraciones legales en el que se afirma que hay un personal cualificado para atender partos, dejando bien sentado que en ese personal cualificado no se incluye a las parteras. Se deduce de ello que estas son alegales o ilegales y que siendo obvio que atienden los partos de los lugares a los que no llega el personal cualificado deben saber que ellas son las responsables de lo que hacen es decir de sus actos fuera de la ley.

Nada apunta a una consideración profesional ni a un reconocimiento de su labor, ni a una integración sanitaria ni asalariada ni formativa.

** Cuando las mujeres aceptamos que a la violencia sexual se la llame violencia de género no estamos hablando de lo mismo, sino que estamos consintiendo un desvanecimiento del lenguaje que a fuerza de modificar las palabras desvirtúa la fuerza de su significado, no es lo mismo hablar de violencia de género que de violencia sexual, el género puede prestarse a cualquier cosa y trabajar en violencia de género puede ser una profesión como otra cualquiera, pero la violencia sexual incomoda más, porque lleva implícita una agresión brutal contra una mujer y no puede tratarse desde una profesión, sino desde una toma de posición contra una sociedad machista que genera dentro de sí misma la posibilidad de sometimiento y vejación de un ser humano por otro al que considera de menor grado. Estamos hablando de una violencia social que no desaparecerá hasta que los seres humanos sean respetados desde antes de su concepción y ese respeto alcance al nacimiento y a la continuidad de la vida.

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